Diálogo entre Cordobeses Ilustres

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Anoche me sucedió una de las aventuras más inverosímiles e inauditas que le puede llegar a pasar a cualquiera de nosotros.

Eran las tres de la madrugada y el calor no me permitía conciliar el sueño, así que decidí emprender un paseo sin rumbo, pero con la clara intención de fatigar un poco las piernas y caer rendido en los brazos de Morfeo.

La noche madrileña de mediados de julio era lo más parecido a una ciudad fantasma. Apenas el ir y venir de unos coches rompen el espeso silencio de calles y avenidas en la más absoluta de las soledades. De esta manera, lo que comenzó siendo un vagabundeo pasó a ser una expedición en toda regla. Calles normalmente bulliciosas eran pura novedad bajo la óptica de aquel paseo nocturno y solitario.

Tanto fue así, que perdí la noción del tiempo y cuando me quise dar cuenta estaba tan lejos de casa, que lo más razonable era tomar un taxi de regreso.

Largos minutos de espera, me llevaron a la desesperación. Y el efecto de las piernas cargadas y la sensación del estomago vacío hizo el resto para que me arrepintiera de mi repentina ocurrencia.

El desasosiego, la pereza y la zozobra se adueñaron de mi estado de ánimo y más aún cuando caí en la cuenta de que quedaban unas horas para el comienzo de la jornada laboral.

Con todo, una luz al final de una bocacalle hizo que el desconsuelo se desvaneciera y un halo de alivio resurgiera en mi interior. Pensé: “Si está abierto, eso que parece un bar, podré descansar y desde allí llamar a Radiotaxi”.

Conforme me aproximaba a la luz, me llamó la atención el curioso color albero del edificio de dos alturas, pero desde luego lo que me impactó principalmente fue el rótulo que aparecía en su fachada: [Casa de Córdoba]. Una sensación de orgullo a la patria chica me puso el vello de punta.

¿Cómo es posible? ¿Una Casa de mi Córdoba en Madrid? ¿Cómo es posible que no lo conociera antes? Todo eran preguntas y ansias de saber más sobre este lugar, y a la vez una sensación de orgullo y satisfacción. No en vano, después de algunos meses residiendo en Madrid, pocas eran las muestras de patriotismo cordobés que había experimentado. Pero sin duda, ésta compensaba la ausencia de todas las demás.

Al abrir la puerta, un pequeño recibidor aumentaba mi curiosidad. Tras él, inmediatamente, la barra de un bar a la derecha y un comedor decorado con arcos de estilo califal a la izquierda.

Afortunadamente en la zona del bar, había una mesa con un par de sillas libres, pues el resto de la estancia estaba ocupado por un nutrido grupo que charlaban sin parar. Este grupo era de lo más variopinto y cada uno con un aspecto más llamativo que su compañero de al lado.

El único camarero que quedaba se me acercó preguntándome si deseaba tomar algo.

“Un Vargas” contesté. “Y de Casera”, aclaré de inmediato. “¿Y cómo quieres que sea el vargas?” Me contestó sonriendo, pero dejándome totalmente “planchado”.

En cuanto me lo sirvió, lo tomé de un trago. Pedí un segundo y este me duró poco más pero rápidamente tuve que reclamar un tercero, el cual, ya sí, pude disfrutar plenamente.

Con la garganta saciada, me fijé en el grupo de tertulianos que ocupaba el resto del bar.

¡Caramba que ropajes más extraños!, fue mi primer pensamiento. Es como si los hubieran sacado a cada de uno de una época diferente y los hubieran traído al siglo XXI. “Ese de ahí es la misma imagen de Luis de Góngora. Y ese otro, es muy parecido a Julio Romero de Torres”. “¡Vaya y este otro, podría ser Manolete! Y mi paisano Don Niceto Alcalá Zamora. El del turbante debe ser Abderramán III y ese envuelto en una túnica romana no cabe duda que es Séneca y aquel el Gran Capitán, y hasta el mismísimo Julio Anguita”.

¡No cabía en mi asombro! Era sin duda una situación tan surrealista como sugerente. Y lejos de abordarles, preferí simplemente escuchar su conversación.

Conversaban sobre Córdoba, cómo no. Era sin duda, su indiscutible punto en común. El coloquio lo puedo transcribir tal cual, pues disimuladamente, pedí al camarero papel y un bolígrafo.

“A mí lo que me sorprende de nuestra ciudad es que hayan denominado con mi apellido la forma de ser de nuestros paisanos. ¿Qué es eso del senequismo cordobés?” Argüía Séneca. Y añadía: “Intrigado, he leído una obra de un tal Juan José Primo Jurado que trata de definir qué es eso y lejos de aclararme las ideas, me las he confundido aun más. ¡Y desde luego, para nada me identifico con esa forma de ser!” – Todos reían ante la indignación del filósofo romano.

A ello, Julio Anguita, le objetó reposadamente. “Estoy de acuerdo con tu arrebatado planteamiento, pero has de entender que los grupos populares han de buscar un denominador común, más ideal que real, pero que atraiga, embelese y conquiste. Tu corriente estoicista ha sido el mejor pretexto para aglutinar este planteamiento popular. Si quieres entrar a conocer las diferentes personalidades de nuestro pueblo te recomiendo obras como “La feria de los discretos” de Pío Baroja, “Babel en España” de John Haycraft o “Gentes de mi pueblo” de Alfonso Gómez López. Aquí se clasifica a la población en tres categorías: Cordobeses, cordobitas y cordobillas. Es un relato bastante exacto a la vez que gracioso”.

Góngora se sumó al debate, “Sí que es cierto que el cordobés tiene una personalidad propia y con excepciones, como no puede ser de otra manera, podemos definirnos como personas sobrias, serias y poco dadas al regocijo gratuito. Dicho de otro modo, somos los andaluces más castellanos. La abulia, la desgana y la inhibición son, consustanciales con nuestra forma de ser. Eso, amigo Lucio Anneo, es lo que trata de definir al senequismo cordobés”. Y añadió acto seguido, “Eso y otras connotaciones negativas como un exceso de conservadurismo, el recelo, y hasta en cierta parte la envidia. Nadie es profeta en su tierra, pero menos en Córdoba. Todos hemos tenido que emigrar para ser reconocidos”. sentenció.

“Yo me tuve que ir a la Corte y después hasta Italia”, apuntó el Gran Capitán. “Y yo a Madrid”, irrumpió en la conversación Julio Romero de Torres. “Y yo también a me vine a la capital, antes de que me exiliaran en Buenos Aires”, dijo Alcalá Zamora.

Manolete – que había pasado inadvertido hasta el momento – se levantó y con su semblante y tono melancólico, apuntó “He toreado por todas las plazas de España y en la mayoría me vitoreaban. ¡En México me veneraban!, pero en Córdoba –continuó vehementemente- hasta canturreaban una cancioncilla que se mofaba de mí!”.

“Estoy de acuerdo – volvió Góngora a tomar la palabra – pero todos hemos llevado siempre a Córdoba en el corazón. El hecho de emigrar provoca un curioso efecto, ensalzas sus virtudes y ocultas sus defectos. Mi soneto a Córdoba lo realicé durante mi estancia en Granada. Y tú Romero de Torres, a pesar de vivir en Madrid, en cada una de tus obras tenía a Córdoba presente. Hasta tu perro tenia de nombre aquel bandido de Sierra Morena. Y Julio y Niceto, parlamentarios con media vida también en Madrid”.

“Ni lo dudes amigo, consintió”, Romero de Torres. “Yo nunca olvidé mi Montilla natal, mi infancia en aquella tierra es de mis mejores recuerdos”, añadió Gonzalo Fernández de Córdoba.

De forma inesperada, Abderramán III, tomó la palabra. “Quiero compartir con todos vosotros algo que mis antepasados nos han ido trasladando a las nuevas generaciones”. Y prosiguió “Vosotros sois muy afortunados por haber nacido en esta tierra, entre estos naranjos, a la vera del río Guadalquivir, con la majestuosa sierra a las espaldas y de frente un océano de olivos, solo interrumpidas por unas viñas únicas en el mundo. Córdoba, donde probablemente nacen las mujeres más hermosas. Afortunados sois de haber nacido aquí. Os lo dice, quien tras recorrer miles de kilómetros quedó prendado al instante de todos estos encantos y lo elegí como sede principal de un imperio califal”.

Cogiendo el guante, Anguita precisó “Eso explica los numerosos cordobeses de adopción que nos ha dado la historia. Y que, a pesar de no haber nacido en nuestra tierra, han permanecido en ella la mayor parte de sus vidas y allí desarrollaron sus facetas profesionales: Valdés Leal, Ginés Liébana, Finito de Córdoba, Antonio Gala… y hasta al mismísimo Miguel de Cervantes podríamos añadir en esta lista”.

Buscando la anuencia del resto y levantando su copa de vino fino, Manolete exclamó, “Hayamos o no nacido en Córdoba, todos estamos orgullosos de haber paseado su nombre por los confines del mundo”. Todos brindaron y bebieron.

Y a modo de epílogo, Séneca concluyó con las siguientes palabras, “Queridos amigos, esta tertulia, me ha despejado la mente. Sin duda, el senequismo cordobés, tiene su fundamento. Y con sus matices, estoy de acuerdo en ésta irónica, mordaz y a la vez entrañable denominación popular. A partir de rasgos, caracteres y costumbres, positivos y no tan positivos, la teoría del séneca cordobés es original y por lo que decís, está plenamente vigente a día de hoy. Sin duda, me satisface que se reconozca por mi apellido. Os estoy agradecido”.

Estaba completamente sumergido en este mundo paralelo. No podía despegar ni los ojos ni el oído del grupo de tertulianos, hasta que de repente el camarero me extrajo de esta dimensión aparentemente irreal. “Su taxi acaba de llegar” me avisó. Fue como despertar de un sueño. Tarde segundos en reaccionar. Me levanté, pagué la cuenta y me dirigí hacia la salida.

Todos estos movimientos los hice instintivamente. Mi mente estaba en otro lugar. “¿Cómo era posible aquello? Personajes de diferentes siglos reunidos un día de julio en plano siglo XXI, charlando tan amigablemente.

Saliendo del local – todavía abstraído – cuando me dirigía al taxi, eché un último vistazo atrás y un cartel despejó todas mis dudas. El anuncio rezaba lo siguiente:

Esta noche, nuestro grupo de teatro

representa la última función de la obra

“Diálogo entre Cordobeses Ilustres”.

 

“Más que presenciar la obra, he formado parte de ella”, fue mi último pensamiento.

Rafael Gómez Aguilar

Cordobeses X el Mundo

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