No hubo casualidades en la Córdoba del siglo XIX

Historia, arte y geo.: Córdoba. Finales del siglo XIX, principios ...

Como cordobés residiendo en Puerto Rico me interesé por Guillermo Belmonte Müller, un paisano que vivió en esta isla en la segunda mitad del siglo XIX. Su libro autobiográfico, “Entre la Nochebuena y el Carnaval”, es un entretenido relato de sus historias más íntimas con una narración tan elegante como divertida, y al mismo tiempo valiente, pues el texto es profundamente personal.

Me resultó interesante conocer más de su vida, produciéndome especial curiosidad su segundo apellido, Müller, nada cordobés, ni andaluz, ni español.

La explicación se origina cuando Carlos Müller, natural de Londres, se instala en Sevilla con su esposa María Stone y sus dos hijas, Ana y Elisa, nacidas ambas en Francia. Aún en Sevilla, Elisa Müller Stone contrajo matrimonio con el cordobés Manuel Segundo Belmonte.

Por motivos laborales, los Belmonte Müller se trasladan a Córdoba en 1844, estableciendo su hogar en la calle de la Candelaria, donde nació Guillermo, quien finalmente se reivindicaría como un gran poeta, llegando a ser Académico de la Real Académica de Córdoba.

La sensibilidad que demuestra Belmonte Müller en sus poemas, no fue producto del azar. Y es que su madre hizo de aquel hogar en la calle Candelaria un lugar de referencia cultural en Córdoba. Ofrecían Conciertos, tertulias o representaciones teatrales, dentro de una autentica gama de eventos abiertos a la sociedad cordobesa. Sin duda, semejante entorno estimuló al pequeño Guillermo.

Situación parecida se dio a pocos metros de distancia, en lo que hoy es el Museo de Bellas Artes y antaño era la residencia de la familia Romero de Torres. El progenitor, onubense de nacimiento, fue trasladado a Córdoba en 1862 a cubrir la plaza de conservador del Museo Provincial de Pinturas. Y entre estas paredes se criaron los hermanos Romero de Torres, todos artistas, con Julio a la cabeza.

Y también muy similar es la historia del compositor Cipriano Martínez Rücker, ya que su estirpe se remonta varias generaciones relacionándose con la música, pero nada que ver con Córdoba. No en vano, su bisabuelo fue un compositor austríaco. Pero avatares de la vida sus padres se instalan en la Córdoba y Cipriano se cría entre partituras e instrumentos.  El coctel está otra vez servido.

Tres casos muy parecidos y todos en la misma época y misma ciudad. Familias intrépidas que circunstancialmente  se acaban estableciendo en Córdoba engendran artistas.

Unos lo llamaran meras coincidencias o simples casualidades, otros preferimos pensar en la fuerza de la Providencia, donde Córdoba imanta sentimientos, pasiones y emociones.

Sea como fuere, después de estas reflexiones a nadie se le escapará la importancia del ambiente en que nos criamos y, por lo tanto, en el que criamos. Por cierto, mi hijo de cuatro años me lleva un rato mirando.

Rafael Gómez Aguilar

San Juan de Puerto Rico

No hubo casualidades en la Córdoba del siglo XIX